Libia no es Irak (El Pais, 24 juillet 2011)

logo el paisAcabo de regresar de Djebel Nafusa, esa meseta montañosa al noroeste de Libia que constituye, después del de Misrata, al este, y el de Brega, algo más al este aún, el tercer frente de esta guerra que quise ver con mis propios ojos. Y lo que he visto hace que me pronuncie, más que nunca, en contra de las declaraciones extrañamente derrotistas que escuchamos desde hace algunas semanas en Washington, Londres y París.
Nos hablan, por ejemplo, del Ejército rebelde como de un ejército desorganizado, mal preparado para el combate, indisciplinado. En el puesto más avanzado del frente de Gualich, primera línea de ataque contra las fuerzas gadafistas, yo constaté lo contrario: unos cincuenta hombres bien entrenados, dirigidos por exmilitares desertores y orgullosos de serlo lograron avanzar, en 10 días, los 60 kilómetros que los separaban de Zintan, base del mando conjunto de la región. Lo contrario de la parálisis.

Nos dicen que estos combatientes no ven más allá del límite de sus aldeas y son incapaces de tener una visión estratégica de conjunto que apunte a la toma de Trípoli. Pero tanto en Zintan como en Yefren, tanto en tierra árabe como berebere, lo que vemos y oímos es otra cosa. A saber: una rebelión que tiene como objetivo la ciudad de Trípoli; jefes de tribu para quienes la unificación de Libia se ha convertido, bajo el fragor del combate, en un deber inexcusable; oficiales perfectamente conscientes del hecho de que este objetivo solo podrá alcanzarse en estrecha coordinación operativa con las fuerzas de la OTAN. Muy lejos, nuevamente, del desorden y la improvisación, del « espíritu tribal » con el que nos taladran los oídos.

Hay quien se preocupa por la calidad del armamento de los insurgentes y por el desequilibrio de fuerzas resultante. ¿Que les falta armamento pesado y semipesado como para estar en condiciones de tomar la capital? Sí, es probable. Y también es cierto que la OTAN debería responder, sin demora, a la petición de bombardear las posiciones de Al Jawsh, Tiji, Al Jhizaya, Al Rouess y Badr, desde donde la artillería enemiga continúa -en el momento en que escribo- poniendo en peligro la vida de la población civil de Nalut y Al Haraba. Sin embargo, fue un gran avance el que se logró con el envío, en particular por parte de Francia, de varias decenas de toneladas de armas, en buena medida destinadas a esta región de Djebel Nafusa. Para aquellos que dudan, el equipo de filmación que me acompañó puede enseñarles las imágenes de la llegada de uno de estos cargamentos. Fue hacia el final de la tarde, en un tramo de la carretera que domina el valle pero que, al mismo tiempo, está más o menos al resguardo de los disparos. Los rebeldes transformaron esta zona en una pista de aterrizaje debidamente balizada e iluminada a lo largo de 1.600 metros. Un gran transporte militar proveniente de Bengasi aterrizó allí. El material, perfectamente embalado, se descargó y se acomodó en las camionetas llegadas de Zintan, que partieron de inmediato. Según las informaciones de uno de los hombres a cargo del puesto de control: media tonelada de armamento semipesado con destino a las primeras líneas de combate.

Nos describen el Ejército de Gadafi como una fuerza que « resistiría » (sic) a la coalición. Amén de que utilizar la hermosa palabra « resistencia » para referirse a la soldadesca de un tirano acorralado me resulte un insulto al sentido común, y de que contamos con información que permite suponer que ese tirano tiene en su poder el arma sucia por excelencia, el napalm. Pudimos visitar, en Zintan, una madraza transformada en prisión militar y una sala de hospital donde se atiende a los prisioneros heridos. Y allí pudimos recoger dos tipos de testimonios. Los relatos de los mercenarios venidos de Níger, Malí y Sudán que, en Al Asabah, frente a Gualich, al parecer constituyen la mitad de los efectivos. Y el testimonio de un artillero libio que nos contó, en condiciones deontológicamente aceptables, es decir, sin la presencia de sus carceleros, cómo sus camaradas solo permanecían en sus puestos porque tenían, a sus espaldas, guardias con órdenes de disparar al más mínimo intento de deserción. ¿Realmente podemos llamar a esto un ejército « leal », dispuesto a morir por su « Guía »?

Agrego, por último, que como militante de los derechos humanos, no podía pasar por alto las acusaciones de abusos realizadas hace poco por la ONG Human Rights Watch, ni dejar de cuestionar a los responsables del Ejército de los libios libres sobre este asunto. Todos mis interlocutores, empezando por el coronel Mokhtar Khalifa, segundo jefe de la defensa de Zintan, lo desmintieron categóricamente. Yo mismo, en los 60 kilómetros que separan Zintan del frente de Gualich, no vi más rastros de destrucción o saqueo que los cometidos, de manera sistemática, por los bárbaros de Gadafi al huir en desbandada. Y estoy en condiciones de desmentir, al menos en un punto, las acusaciones sobre el saqueo del hospital de Aweinya, ya que fue la junta local del pueblo, convertido casi en un pueblo fantasma, la que decidió trasladar los suministros médicos a Zintan, ciudad más poblada: esta decisión fue el resultado de un acto administrativo realizado en debida forma y del que yo mismo fui testigo. ¿Un detalle? Tal vez. Pero es mediante detalles de este tipo como se juzga el comportamiento, así como el futuro, de una resistencia.

En suma, no comprendo en absoluto el tono decepcionado de esos comentaristas que nunca habían considerado que 42 años de dictadura fueran demasiados, pero que, de pronto, perciben los ciento y pico días de la liberación como una eternidad. Menos aún comprendo los repetidos llamamientos a una « negociación política » que, por sí sola, nos sacaría del « pozo » al que los señores Sarkozy y Cameron nos habrían precipitado. Solo existe una « solución política » para la crisis que comenzó el 17 de febrero pasado, cuando este régimen lanzó una ofensiva contra su propio pueblo: que Gadafi se vaya. Y tengo la sensación de que ese desenlace está cerca.

Pero ¿a condición de qué?

Aparte de la necesidad de enviar refuerzos a una resistencia que está al borde de la victoria pero que aún debe seguir avanzando, creo que las condiciones para el éxito son tres:

1. Que ni los franceses ni los británicos se dejen intimidar y continúen por el camino que ellos mismos abrieron: dado que apunta a derrocar a un dictador que prometió ahogar a su pueblo « en ríos de sangre », esta es una guerra justa.

2. Que Washington siga manteniéndose en un segundo plano y deje en manos de sus aliados europeos la responsabilidad de las operaciones, no caiga en una autoflagelación y desapruebe esta guerra de Libia por equipararla con la absurda guerra de Irak: la guerra de Irak se basó en una mentira de Estado (las famosas e inhallables « armas de destrucción masiva »), lo que no es el caso de la guerra de Libia; la guerra de Irak fue una guerra de venganza (11 de septiembre… deseo de Bush hijo de lavar el honor de Bush padre, manchado por Sadam Husein, que no supo agradecerle su indulgencia…), nada que ver con la guerra de Libia; la guerra de Irak, en una especie de mesianismo democrático, creía en una libertad impuesta desde afuera, capaz de florecer de la noche a la mañana; en Libia, por el contrario, partimos de una reivindicación democrática que no solo surgió de adentro, sino de lo más profundo de la sociedad, y que se ve encarnada en el Consejo Nacional de Transición, por lo que, otra vez, el caso es totalmente distinto.

3. Que la comunidad internacional no caiga en la trampa de ver a Gadafi como una « rata del desierto », o algo por el estilo, que desafía las fuerzas de la coalición y se transforma en una especie de héroe que lucha acorralado contra la pared, él solo contra todos: ni siquiera es necesario mencionar el atentado de Lockerbie, el apoyo militar al terrorismo irlandés o su larga trayectoria como financiador y estratega del terrorismo internacional; basta con recordar la brutalidad de la represión que viene ejerciendo sobre su propio pueblo y el hecho de que su primera reacción -la más inmediata e instintiva-, el mismo día de la intervención de las fuerzas aliadas, fuese amenazar con responder a cada ataque contra sus aviones militares con un ataque contra nuestros aviones civiles (lo que constituye la definición misma de terrorismo). En otras palabras, Gadafi no ha « cambiado ». Él nunca dejó de ser -y sigue siendo- un tirano extravagante pero sanguinario, devenido maestro en el arte del crimen en masa.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva


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