Bernard-Henri Lévy "No soy un dandi, la obsesión por el estilo no da ningún fruto" (El Pais, le 6 juillet 2013)

EL PAIS 6 JUILLET 2013 1El filósofo más elegante e influyente (y también el que más críticas desata) se reinventa como comisario de exposiciones con la muestra Las aventuras de la verdad. Y, de paso, aprovecha para dejar claro que le da completamente igual que la gente lo deteste.

Es el filósofo más mediático desde los tiempos de Sartre. El único que una noche puede salvar Benghazi (se dice que su opinión sobre la revolución libia influyó sobre la de Sarkozy) y, a la mañana siguiente, aparecer en la portada de Paris Match. Y también un hombre al que los franceses adoran odiar. Acusado de formar parte de la denostada izquierda caviar de Saint-Germain desde finales de los años 70, pero a la vez escuchado como un oráculo por todos los presidentes franceses, de Mitterrand a Hollande. A Bernard-Henri Lévy se le conocía hasta ahora como ensayista, novelista, dramaturgo, cineasta, eportero de guerra y diplomático ocasional. A los 64 años, añade una faceta más a su incansable trayectoria : la de comisario de exposiciones. Lévy ha orquestado la muestra Las aventuras de la verdad, un estiimulante diálogo entre pintura y filosofía que incluye 126 obras de Miró, Klee, Pollock, Rothko, Warhol, Basquiat, Barceló, Sophie Calle o Marina Abramović.
Se expone hasta el 11 de noviembre en la Fundación Maeght de Saint-Paul de Vence, un edificio del arquitecto Josep Lluis Sert, a medio camino entre Niza y Cannes.

Su exposición aspira a reinterpretar la historia del arte. ¿No es una ambición exagerada ?
Es muy ambicioso, puede que demasiado, pero hacer la misma muestra que todo el mundo no me interesaba. He intentado releer la filosofía a la luz de la pintura, y viceversa, para demostrar que las dos buscan la misma cosa: la verdad. Para mí existe una sola verdad, una idea única y reguladora. Al mismo tiempo, hablo de verdad sabiendo que ni siquiera existe. Soy judío y no griego. Para mí, es un ideal que no alcanzamos nunca.

¿Qué lienzo refleja más verdad, un retrato femenino renacentista o Las Señoritas de Aviñón?
Sin duda, el cuadro de Picasso. Observó la anatomía femenina desde más ángulos. La disecó, la cortó en pedazos, le quitó los hueso , le hizo una radiografia y luiego termino con una autopsia.

Es un apasionado del arte, pero no lo colecciona. ¿Por qué?
Me lo tomo demasiado en serio, así que coleccionar me impediría vivir y dormir. Y también por convicción política. Pertenezco a una familia republicana, en el sentido español del término, puesto que mi padre combatió en la Guerra Civil. Me legó la idea de que el arte está hecho para ser visto por todo el mundo.

¿Quién lo llevó a un museo por primera vez?
Mi madre. Para mí, el arte se conjuga en femenino por su culpa. Tuve una madre extremadamente bella, elegante y encantadora. Por eso, vinculo el arte a esa figura materna, aunque también a una figura femenina más general.

Intervino en Bosnia, Darfur, Libia y ahora en Siria para encontrar una solución al conflicto. Lo han acusado de jugar a ser Dios.
En realidad es al revés. La filosofía me sirve para deconstruir el mundo. Si viajo a esos lugares, es para no fiarme de las ideas que me dictan otros. Es lo contrario a creerse Dios.

¿Diría que figurar en portadas de papel couché ha perjudicado su estatus intelectual?
No aparezco en esas portadas. ¿Cuándo ha sucedido eso?

Por ejemplo, cuando se casó con la actriz Arielle Dombasle.
De eso hace 20 años. Honestamente, no sé si dañó mi reputación.

Desde finales de los años 60, las críticas contra usted son permanentes. En Francia se le acusa de ser un impostor, de infiltrarse en mundos en los que no está autorizado.EL PAIS 4
En el fondo, tienen razón. No pido autorización a nadie, sino que me la doy yo mismo. Soy libre.

¿Se le tiene envidia?
No tengo la menor idea. Ni siquiera me hago esa pregunta. Es su problema y no el mío.

Al mismo tiempo, es usted un hombre muy solicitado, reclamado por la prensa y escuchado por los cuatro últimos presidentes. ¿Los franceses adoran odiarlo pero al final lo necesitan?
Tengo demasiadas cosas que hacer para preocuparme por eso. ¿Por qué la gente me detesta, por qué tienen necesidad de odiarme, por qué soy el hombre al que gusta tanto odiar? Todo eso me da completamente igual. Que se arreglen ellos con el problema.

Su camisa blanca y abierta se ha convertido en su uniforme oficial. ¿Se trata de un disfraz para su personaje público?
Es solo una camisa blanca. Soy un hombre mediterráneo que odia las corbatas, que quiere sentirse libre y poder respirar. No me gustan los corsés intelectuales ni físicos. No sé por qué todo el mundo habla de la dichosa camisa. Si me vistiera de rosa o me pusiera unos botones rarísimos u otras extravagancias, lo entendería, pero no es el caso.

«Será un gran escritor. Solo un peligro le acecha: la moda», escribió Mitterrand sobre usted. ¿Tenía razón?
Supongo que sí. Estar de moda te hace perder la cabeza. Cuando era joven me sucedió. Ser un personaje adulado tiene sus peligros. Hoy todavía no lo he superado del todo, pero cuento con más medios para resistir a ello.

También lo describió, cito textualmente, como un «dandi con ceniza en la mirada».
No lo sé, no observo nunca mi mirada [sonríe]. ¿Un dandi? No lo soy. Implicaría cierta esterilidad, ya que ser un dandi supone una ausencia de obra, una obsesión por el estilo que no da ningún fruto. En cambio, sí que me preocupa saber estar, comportarme como es debido en toda ocasión.

¿Es cierto que a los 28 años escribió el libro que lo catapultó a la fama, La barbarie con rostro humano, por amor a una mujer?
En parte, sí. Un editor parisino contrató a la madre de mi hijo exigiéndome que le entregara un capítulo al mes si quería que le pagara un sueldo.

¿Y su entonces pareja no se sintió ofendida por ese trato?
Nunca se lo dije. Se lo conté muchos años más tarde, cuando ya no estaba con ella.

Lleva 20 años casado con Arielle Dombasle. ¿Es esta su relación más larga?
Sí, es la más larga. ¿Que qué la ha hecho durar? No lo sé. No hablo de estos asuntos.

De joven, ¿se imaginó que usted tenía un destino distinto al del resto de los mortales? ¿Creyó estar predestinado a hacer cosas excepcionales?
No, pero sí me dije que no quería una vida mediocre. Quería ser útil para algo, tal vez porque mi padre tuvo la vida que tuvo. Más que un miedo, fue una especie de llamada.

Se le atribuye este curioso titular: «Dios está muerto, pero mi cabello está perfecto». Sinceramente, le confieso que no he sido incapaz de encontrarlo en la hemeroteca. ¿Cuándo lo dijo?
No me extraña que no lo encuentre, porque nunca he pronunciado esa frase. Esa es otra leyenda que no sé de dónde ha salido.

Supongo que es una forma de llamarlo narcisista…
Yo también lo creo. Como no encontraron ninguna frase literal, se la inventaron. Supongo que sí que lo soy un poco, por suerte, como todo el mundo. Pero, en realidad, me intereso más por los demás que por mí mismo.

Le Figaro lo llamó «el Jeff Koons de la filosofía». ¿Cómo se lo toma?
Me lo tomo bien. Es un buen artista, mucho mejor de lo que muchos dicen y creen. Volvió a enlazar con la tradición del arte clásico, con la materialidad. Se le acusa de todo tipo de cosas, aunque supongo que, en el fondo, la gente solo le tiene envidia.

Dijo que no a Chirac cuando le propuso ser ministro de Cultura, pero aceptó asesorar a Ségolène Royal en su campaña electoral. ¿Por qué?
Principalmente porque soy un hombre de izquierdas. Y porque una campaña dura dos meses y un cargo ministerial suele llevarte más tiempo. Y, también, porque quería hacer ganar a Ségolène. Creí que realmente podía ser útil, mientras que me sentiría incapaz de gestionar un ministerio.

Es curioso, porque se le suele ubicar en la derecha. ¿Diría que es su look?
Debe de ser porque suelo criticar a la izquierda muy duramente. Cuando se pierde por el camino, lo digo. No soy un militante ciego. Pero no les dejo pasar ni una, precisamente porque la izquierda es mi familia.

Alex Vicente


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