Bernard-Henri Lévy

L’art de la philosophie ne vaut que s’il est un art de la guerre...

Philosopher contre Hegel et les néo­hégéliens. Philosopher contre l'inter­prétation pré-Bataille, et pré-Collège de sociologie, de la politique de Nietzsche. Philosopher contre le néo-platonisme et son démon de l'absolu. Philosopher contre Bergson et son avatar, justement, deleuzien. Philosopher contre la volonté de pureté, ou de guérir, dont j'ai démontré ailleurs qu'elle est la vraie matrice de ce qu'on a appelé, trop vite, les totalitarismes et qu'une guerre conceptuelle bien menée permet de mieux nommer. Philosopher pour nuire à ceux qui m'empêchent d'écrire et de philosopher. Philosopher pour empêcher, un peu, les imbéciles et les salauds de pavoiser. Philosopher contre Badiou. Philosopher contre la gidouille Zizek. Philosopher contre le parti du sommeil, des clowns ou des radicalités meurtrières. Pardon, mais c'est la vérité. Chaque fois que j'ai, depuis trente ans, fait un peu de philosophie c'est ainsi que j'ai opéré : dans une conjoncture donnée, compte tenu d'un problème ou d'une situation déterminés, identifier un ennemi et, l'ayant identifié, soit le tenir en respect, soit, parfois, le réduire ou le faire reculer. Guerre de guérilla, encore. Harcèlement. Et à la guerre comme à la guerre.

Son actualité

Tras el drama de Villeurbane (El Pais, 11 juin 2012)

El Pais, par Bernard-Henri Lévy, pour El Pais

El PaisEl ministro de Interior, Manuel Valls, ha encontrado las palabras que exigía la situación.

Las autoridades republicanas, tanto nacionales como regionales, han reaccionado como era de esperar.

Y la condena ha sido unánime a un lado y otro del espectro político, o casi.

No obstante, este asunto (la agresión a tres jóvenes judíos a golpes de barra de hierro y de martillo, el sábado pasado, en Villeurbane) es particularmente preocupante.

El simple hecho de que sea posible, el hecho de que existan en Francia barrios en los que tres adolescentes no puedan pasearse con una kipá sin arriesgarse a recibir una paliza, es verdaderamente trágico.

Y cuando, por añadidura, leemos que no es la primera vez; cuando descubrimos que hace varios meses se produjo en el mismo barrio un incidente similar y que la prensa no habló de él; cuando el BNVCA [oficina nacional de vigilancia contra el antisemitismo] nos dice que esta clase de agresiones se han multiplicado desde las masacres de Toulouse y Montauban, pero que el sistema se ha acostumbrado a ellas hasta tal punto que apenas se toma la molestia de darse por enterado y que, cuando no son mortales, terminan difuminándose en el paisaje y pareciendo insignificantes, uno no puede evitar pensar: « Decididamente, hay algo podrido en la República Francesa; en esta banalización, en esta metástasis lenta pero segura del veneno antisemita, hay algo fétido que no debemos pasar por alto… »

Sé que a la hora en que escribo estas líneas aún no se conoce la identidad de los miembros de esa nueva banda de bárbaros.

Y sé cuán peligroso es, en semejantes circunstancias, entregarse a los juegos de cálculos, incriminaciones y demás causalidades diabólicas.

Aun así…

¿Es realmente casual que esta agresión se haya producido poco después de una campaña en la que pudimos ver cómo una candidata, la señora Le Pen, hacía que en sus mítines se abucheasen sistemáticamente ciertos apellidos de consonancia judía?

Y el hecho de que, esta misma semana y gracias a un colectivo de asociaciones antirracistas que han recurrido a los tribunales, nos enteremos de que Francia es uno de los pocos países en los que, cuando se teclea un nombre propio en los motores de búsqueda de Internet, uno de los primeros « resultados semiautomáticos » supuestamente « sugeridos » por el algoritmo (pero determinados, en realidad, por la suma de « búsquedas » de los « usuarios » precedentes) es la asociación de ese nombre con el término « judío », ¿es una pura coincidencia de los calendarios?

¿Y qué decir, finalmente, de esa extraña obsesión por Israel que, desde hace algunos años, tiende a convertirse en el alfa y omega, en la pieza clave, en el pilar, de una construcción ideológica, a la vez delirante y monstruosamente eficaz, que vuelve a señalar a los judíos como acusados: un Israel abstracto; un Israel imaginario; un Israel satanizado, por no decir « nazificado », que, por asociación de ideas, sirve para satanizar y « nazificar » a los judíos en general; un Israel cuya función es, en una palabra, proporcionar combustible nuevo a la vieja maquinaria antisemita?

Porque ahí está el meollo del problema.

En todas esas personas que, musulmanas o no, se imaginan que al atacar a alguien que lleva una kipá están vengando a las « víctimas de Israel ».

En esos pretendidos « simpatizantes de los palestinos » que pasan olímpicamente de la suerte de los cisjordanos o los gazatíes cuando son los « hermanos » árabes quienes los oprimen o los masacran, y ven a estos últimos como la sal de la tierra cuando se enfrentan a Israel e Israel, a su vez, los combate.

En el doble rasero que implica el hecho de que esos mismos « amigos del género humano » no derramen ni una lágrima por los niños masacrados en Hula, Siria, que no digan ni una palabra sobre la brutalidad de Bachar Al Asad, que bombardea sus ciudades con armamento pesado, e incluso lamenten que un dictador como Muamar el Gadafi, que tenía sobre la conciencia la muerte de decenas de miles de árabes inocentes, haya sido neutralizado, pero, sin embargo, cuando el que golpea es Israel (es decir, para ser exactos: cuando Israel se defiende y, de forma más o menos proporcionada y, por tanto, más o menos criticable, responde al fuego), estiman que las muertes resultantes son crímenes contra la humanidad cuya sangre debe caer sobre las cabezas de todos los judíos del mundo.

Según ellos, Israel es un Estado fundamentalmente ilegítimo… En consecuencia, la política de sus dirigentes es esencialmente criminal… Y, también en consecuencia, sus amigos y aliados son cómplices de ese crimen de principio… Esta es, más que nunca, la fórmula del antisemitismo de hoy. Este es el teorema que, a ojos de los descendientes de los matones nazis de los años 30, cuyo argumentario se había hecho inadmisible, viene a ser como una licencia para matar o, en este caso, golpear. Este es el moderno breviario del odio, que, después de transformar a todos los judíos en asesinos en potencia, hace que de nuevo sea posible anatemizarlos y golpearlos.

Denunciar ese breviario, deconstruirlo, demostrar que sus protocolos no son menos temibles que los de los viejos tiempos, es la cuestión urgente que nos obliga a afrontar el drama de Villeurbane. Y la razón por la cual subestimar su alcance y su sentido sería una locura.

Bernard-Henri Lévy es filósofo francés.

Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

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