Lo siento, otra vez Sakineh (El Pais 26/09/2010)

logo el paisCuando se trata de sembrar la confusión, los medios de comunicación iraníes no tienen igual.
He aquí que, al parecer, una mujer velada de los pies a la cabeza y con una voz irreconocible apareció en televisión, presentándose como Sakineh, para desmentir las informaciones vertidas en La Règle du Jeu por su hijo y su abogado y, a través de La Règle du Jeu, en los medios de comunicación occidentales: ella nunca habría sido azotada; nunca habría sufrido malos tratos durante su larga pero agradable estancia en los calabozos de la prisión de Tabriz; y si, el 12 de agosto, en una aparición televisiva del mismo corte, reconoció su complicidad en el asesinato de su marido -del que la justicia la había declarado completamente inocente cuatro años antes-, habría sido por voluntad propia y con la mejor disposición.
Este montaje se prestaría a risa si no fuera indigno.
Vamos a intentar, aquí, evitar entrar en debates ociosos para ir a lo esencial.
Con latigazos o sin ellos, Sakineh Mohammadi Ashtianí está acusada de un crimen (complicidad en un asesinato) que no cometió -y del que, lo repito, fue exculpada en septiembre de 2006-, así como de un segundo crimen que no es tal, sino -al menos desde nuestra perspectiva, desde la perspectiva de los hombres y mujeres libres del mundo entero- un acto de libertad (haber amado, tal vez, a un hombre que no era el suyo a ojos de la sociedad y desde sus códigos).
Pero ha habido unos jueces que no solamente la han condenado por estos dos « crímenes » (por el segundo, en todo caso, pero visto por el prisma borroso que ha generado en torno al primero el paso del tiempo y, posiblemente, la manipulación), sino que le han prometido la muerte más atroz: enterrada hasta el mentón y bombardeada a pedradas hasta la destrucción de su rostro.
De tal modo que, por un supuesto adulterio (pero agravado por una idea sugerida a lo largo de los últimos días por los correveidiles de la República Islámica de Irán, y no sin complacencia: finalmente, habría pruebas « irrefutables » de su culpabilidad en el otro crimen, el asesinato del marido, que, como saben los especialistas en propaganda de Teherán, sí cuenta en Occidente), está condenada a sufrir la misma suerte que los 136 hombres y mujeres (20, desde el año 2000) que ya han sido lapidados desde la creación de la República Islámica.
He aquí la realidad.
He aquí el horror que, desde hace meses, escandaliza a las conciencias, y cuya encarnación es esta madre de familia de 43 años.
Y he aquí lo único que debe importarnos si, a través del caso de Sakineh, queremos plantear el problema de los otros 23 iraníes -entre ellos, 4 mujeres- que esperan en los corredores de la muerte por lapidación de las prisiones del régimen.
No hay que caer en la trampa.
No hay que entrar, ni por un instante, en la lógica de un aparato judicial acorralado; ni tampoco prestar oídos a la desinformación generada, desde hace unos días, por una pequeña banda de canallas adeptos a la incombustible teoría del « cuchillo sin mango al que le falta la hoja »(referencia al « cuchillo de Lichtenberg », aforismo utilizado en psicoanálisis): según ellos, Sakineh ya no será lapidada (bien, pues que nos lo digan y que se lo notifiquen a Houtan Kuan, su abogado); la lapidación, además, no existe en Irán (falso, acabo de decirlo y las ONG internacionales no dejan de recordarlo); y si, por casualidad, termina recibiendo ese castigo que no existe, la culpa sería de aquellos que la han defendido demasiado estrepitosamente y, de este modo, la han puesto en peligro (lástima que no podamos escuchar, a este respecto, la opinión de las decenas de homosexuales, parejas adúlteras, monárquicos, comunistas y supuestos comunistas lapidados desde 1979, pero tranquilamente, en silencio, sin que nadie fuese informado a tiempo de su calvario).
Y, sobre todo, no debemos desviarnos por ningún motivo de la línea de conducta que nos hemos marcado y que consiste en militar, al mismo tiempo, por la puesta en libertad de Sakineh -cuya absoluta inocencia acaba de ser reiterada este último viernes, en las columnas de Le Figaro, por sus hijos (que, por supuesto, lo eran también del marido asesinado)- y por la abrogación de una pena que es una vergüenza para la civilización en general, para la persa en particular y, más allá del mismo Irán, en los otros países en los que aún está vigente (Sudán, Afganistán, Nigeria, Arabia Saudí…), para el honor de un texto, el Corán, que, nunca se repetirá bastante, no contiene ninguna sura que la recomiende.
Lo demás, todo lo demás, no son sino argucias, maniobras de distracción, teatro del malo.
Lo demás, todo lo demás, empezando por esta nueva comedia de las confesiones televisivas, no es sino una respuesta lamentable a una movilización que no flaquea y que cada día incomoda un poco más a la República Islámica.
Irán debe decidirse: en Francia hay cientos de miles de hombres y mujeres (y en el mundo, muchos más) que han firmado la petición de laregledujeu.org y que seguirán movilizándose hasta que se haga justicia.
Y este tipo de montaje, esta forma de jugar con el destino de una inocente y con los nervios de su familia, no puede tener sino un efecto, que no es precisamente el de frenar nuestro impulso, sino, al contrario, el de intensificarlo; que no es el de sembrar la duda, sino el de redoblar la indignación.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.


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