Bernard-Henri Lévy

L’art de la philosophie ne vaut que s’il est un art de la guerre...

Philosopher contre Hegel et les néo­hégéliens. Philosopher contre l'inter­prétation pré-Bataille, et pré-Collège de sociologie, de la politique de Nietzsche. Philosopher contre le néo-platonisme et son démon de l'absolu. Philosopher contre Bergson et son avatar, justement, deleuzien. Philosopher contre la volonté de pureté, ou de guérir, dont j'ai démontré ailleurs qu'elle est la vraie matrice de ce qu'on a appelé, trop vite, les totalitarismes et qu'une guerre conceptuelle bien menée permet de mieux nommer. Philosopher pour nuire à ceux qui m'empêchent d'écrire et de philosopher. Philosopher pour empêcher, un peu, les imbéciles et les salauds de pavoiser. Philosopher contre Badiou. Philosopher contre la gidouille Zizek. Philosopher contre le parti du sommeil, des clowns ou des radicalités meurtrières. Pardon, mais c'est la vérité. Chaque fois que j'ai, depuis trente ans, fait un peu de philosophie c'est ainsi que j'ai opéré : dans une conjoncture donnée, compte tenu d'un problème ou d'une situation déterminés, identifier un ennemi et, l'ayant identifié, soit le tenir en respect, soit, parfois, le réduire ou le faire reculer. Guerre de guérilla, encore. Harcèlement. Et à la guerre comme à la guerre.

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La lección del volcán – El Pais du 25/04/2010

El Pais, par Bernard-Henri Lévy, pour El Pais

logo el paisSe podrá, cuando todo vuelva al orden, comentar lo que haga falta sobre los vuelos de prueba que, a pesar de todo, despegaron; sobre los aviones que fueron enviados de regreso a sus bases sin pasajeros -y sin incidentes-, y sobre el presidente ruso, Medvédev, que no dudó en afrontar la alta columna de cenizas para ir al funeral de su difunto colega polaco.

Se podrá, como de costumbre, echar pestes de los excesos del « principio de precaución », así como de la aversión al riesgo que se ha convertido en la regla de oro de nuestras sociedades y de sus Estados, demasiado timoratos.

Pero el hecho es que se ha producido un acontecimiento.

Enorme y minúsculo, como ese efecto mariposa que se invoca a diestro y siniestro, y, esta vez, no sin razón.

Colosal e insignificante; colosal porque al principio era insignificante, como en los escenarios de ciencia-ficción, los grandes relatos antiguos y los cataclismos bíblicos.

Un volcán ha despertado.

Un volcán pequeñito. Más pequeño que ese otro que en el año 79 de nuestra era destruyó Pompeya, Herculano y Estabies. Más pequeño que el Laki, cuya erupción, también en Islandia, hizo de 1783 un año de cenizas a escala planetaria. Minúsculo, casi irrisorio, si lo comparamos con el Tambora, que explotó a finales del siglo XIX, en Indonesia, y cuyas partículas dieron varias veces la vuelta a la Tierra antes de dispersarse: su potencia, equivalente a cien bombas de Hiroshima y Nagasaki juntas, causó cerca de cien mil muertos.

Es un volcán de nada, en un país en principio sin importancia, del que las tres cuartas partes de la humanidad ignoraban hasta la existencia, y la cuarta restante pensaba que, tras el estallido de la crisis del año pasado y la quiebra de su Estado, se habría borrado a sí mismo del mapa del planeta útil.

Pero he aquí que ese volcán que llevaba 187 años dormido, he aquí que ese pequeño volcán que ha empezado a vomitar parte de sus entrañas, he aquí que esa regurgitación de fuego, gas y rocas pulverizadas ha bastado para dejar en tierra a miles de aviones, para sembrar la confusión en el conjunto de las economías desarrolladas y para paralizar a unos y asustar o asombrar a otros. He aquí, finalmente, que, como ocurrió con la gran crisis financiera, ya no son los flujos de capitales, sino los de comunicación y circulación de personas y bienes, los que han quedado obstruidos, interrumpidos, como la sangre coagulada.

¿Quién es más fuerte -pregunta el pequeño volcán-, vosotros o mi nube de pavesas?

¿Quién es más astuto, mi ceniza furtiva, casi invisible, y cuya trayectoria, lenta y alocada, nadie se atreve a predecir de una hora a la siguiente, o vuestros batallones de vulcanólogos y meteorólogos, que no vieron nada, que no previeron nada, y que, todavía hoy, pese a toda su ciencia, sus técnicas, sus dispositivos de prevención e intervención ultrasofisticados, sus observatorios gigantes, no tienen más remedio que escrutar el cielo como los augures romanos escrutaban el vuelo errático de los pájaros?

¿Quién tendrá -quién tiene- la última palabra? ¿El hombre, el autoproclamado amo y señor de la naturaleza, que proyecta controlar hasta sus más íntimos secretos e incluso sueña, como el alquimista Almani de La nueva Justine, de Sade, con convertirse él mismo en volcán y en dominar ese vientre que vomita llamas, o yo, un volcán diminuto que con sus abismos atomizados, sus deyecciones infernales, sus cenizas nómadas y en suspensión, pero capaces, si no tenéis cuidado, de engullir vuestros aviones como el Etna a Empédocles, viene tan sólo a recordaros que la naturaleza existe, que aún resiste, que nadie tiene el poder de violentarla, ni de someterla completamente, ni de abandonarla al avance incesante del desierto?

¿Acaso la suerte está echada? ¿Lo está hasta el punto que parecen indicar las certezas de la tecnociencia, entre las maravillosas herramientas susceptibles de modelar, transformar y, en principio, domesticar y pacificar lo real y esas otras fraguas en las que los antiguos creían que trabajaban, al pie de los volcanes, los herreros de Hefesto, esos cíclopes monstruosos que eran también, y al mismo tiempo, los guardianes paradójicos del ser?

Prosopopeya del volcán.

Cólera del pequeño volcán, irritado por la inmensa e indecente arrogancia de los hombres.

Silencio, dice el volcán. Silencio. Ahora soy yo el que habla. Que nadie rechiste. Que vuestras máquinas voladoras despejen el cielo hasta nueva orden. Que cada uno de vosotros permanezca en el lugar exacto en el que estaba en el instante en que comenzó mi erupción de azufre, nitrato y bitumen (otra vez Sade). Y, en efecto, nadie se mueve. Y, en efecto, el planeta contiene la respiración hasta que el volcán enmudezca. Y todos sentimos un escalofrío ante la idea de una potencia que desborda nuestra voluntad y, de repente, dicta su ley.

Esta es la lección del volcán. Bajo el volcán no hallaremos la inocencia, sino la necesaria morosidad de las cosas. De su ardiente garganta brota un mensaje de humildad y una llamada al comedimiento. Bendito sea el volcán. Bienvenido el caos que fomenta. Y que esta vez a Empédocles no le traicione una sandalia.
Bernard-Henri Lévy

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.

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